Corazón abierto
Extraerse del vientre algunas verdades
Como si se hubieran formado malos cálculos
(Michel Leiris, El Gran Mal) [3]
Lacan amaba la lengua y los poetas, los "pouétes de pouasie" le gustaba decir, retomando la frase de Paul Frague [4]. Le deleitaba, sin duda, la proximidad que hay entre la poesía y el lenguaje del inconsciente. Podemos creer que, sobre todo, le encantaba, en el poeta la lalengua -lalangue-, la infiltración en la lengua de un goce propio del sujeto, estrictamente privado y que, sin embargo, se ofrecía a la lectura, se transmitía al vacío del sentido alterado.
En efecto, nadie mejor que los poetas pueden conducirnos a esas orillas donde el sentido vacila, desfallece, tropieza, se derrama o encalla, donde el goce de la lengua aflora, donde la lengua finalmente aparece en su dimensión de órgano [5].
Es la dimensión que aparece de manera más neta en el esfuerzo del sujeto "llamado esquizofrénico" por inventarse un lenguaje-órgano "por fuera de todo discurso establecido". Se trata, a veces, de aquello que Lacan llamaba los "escritos inspirados", de un verdadero "arte poético" como lo subrayaba en uno de sus primeros trabajos fechado de 1931 [6].
En efecto, el poeta como el esquizofrénico, ataca la lengua. Es, tal vez, la razón por la cual, según un uso inmemorable, la poesía ha comenzado como una práctica (pra-tique) de la lengua altamente reglamentada. El arte poético, las reglas de la versificación formaban un corsé simbólico rígido de la pulsión que, en los poetas, tiende a dejar libre curso al goce glotón de las palabras.
No obstante, nada se ha logrado, bien por el contrario: desde Racine a Leiris, incluso el alejandrino tan codificado, no ha podido apagar el vigor erótico de la visión del poeta; entre más se prohíbe, más se sugiere. Así por ejemplo, los famosos versos de Britannicus:
"Bella, sin ornamento en el simple atavío de una belleza que viene de arrancarse al sueño."
O aún, más próximo a nosotros:
"Y tus vagancias encorvadas como un otoño toscano."
Por más rígida que sea su forma, por más intratable que sea su codificación, las palabras de "pouasie" no hacen más que exaltar la música de los sentidos.
Lacan ha frecuentado los poetas, los grandes y los oscuros. Sin duda, los quería "uno por uno". En efecto, tanto la escritura poética como el psicoanálisis, desnudan la relación singular que cada uno tiene con el goce, y esto en el seno de sus respectivas prácticas. Una y otro son profusamente formalizados.
Entre los poetas que Lacan ha citado en sus Escritos o en su Seminario, hay uno que figura a título de curiosidad, una curiosidad hoy bienvenida porque los versos elegidos por Lacan figuran, según lo que se sabe, en un almanaque llamado París en el año 2000.
El autor no es, ciertamente, el más grande entre los poetas elegidos por Lacan, pero tiene la particularidad que el psicoanalista lo evoca dos veces y en dos épocas muy distantes de su enseñanza [7]. El hombre permanece oscuro, llamándose Antoine Tunal. La pieza citada por Lacan no es una obra que sorprenda por su belleza o su originalidad y Lacan no da, por lo demás, más que el inicio que evoca una canción realista:
Entre el hombre y la mujer, hay amor.
Entre el hombre y el amor, hay un mundo.
Entre el hombre y el mundo, hay un muro.
La misma cita aparece en dos lugares distintos. La primera ocurre en el momento en que Lacan comienza a poner el acento sobre la autonomía de lo simbólico respecto al goce que, en cuanto tal, sería imaginario [8]. La segunda aparición del poema data de 1972. Viene a la memoria de Lacan en una conferencia en Santa Ana, un día en que su auditorio de médicos lo fatiga y en que cierta improvisación preside a sus propósitos. Esto le viene como una reminiscencia, como una resonancia, como un eco de los tiempos felices del Discurso de Roma. Antoine Tunal arriba, así, al Seminario de Lacan, introducido por otro poeta, un grande esta vez: Francis Ponge.
En efecto, es después de haber evocado a Ponge –y es sin duda la única referencia pública a ese poeta [9] – que Lacan retoma el refrán de Antoine Tunal. Él se apoya, para esto, en el neologismo de Ponge, salido de su trabajo de escritura, el término "Réson", dándole la doble misión que había presidido a su invención: hacer escuchar las resonancias de la lengua, los ecos que suscita y subraya la lógica que enmarca ese efecto. Lacan señala, a propósito de esto, que incluso en la experiencia más pura del formalismo, el de las matemáticas con las trasformaciones de lo real que permite, hay un resto que está más allá de lo simbólico.
Esto se sitúa en un contexto en el cual Lacan, en su Seminario Ou pire –que elabora paralelamente a sus Conferencias en Santa Ana- saca las consecuencias de la formalización de los cuatro discursos propuestas en el Seminario XVII, y comienza a encontrar, en lógica, un nuevo acceso de la sexualidad femenina [10]. Al mismo tiempo que hace del significante la causa del goce –no solamente el aparato, sino la causa del goce- Lacan despliega la disyunción, la no relación entre los sexos, la no-relación sexual. Desde entonces, como lo indica Miller: "Los significantes mayores de Lacan, el Otro, el Nombre del Padre, el Falo, que aparecían como términos primordiales, son reducidos a conectores en el lugar de la relación que no hay"[11].
Cuando en "Réson" vienen los versos de Tunal a la memoria de Lacan, no se presentan para él en la vertiente del sentido, sino como un resto, un residuo, un vestigio olvidado y resurgido de una época antigua, bajo la vertiente del objeto a que –dice Lacan- "no tiene nada que ver con el sentido ni con la razón". En ese contexto, Lacan señala, además, que "el sentido es una pintarrajeada añadida a ese objeto a al cual cada uno tiene su atadura particular".
Esa reminiscencia poética aparece para Lacan mismo como una sorpresa. Él se pregunta en 1972 cómo ha podido hacer figurar ese "refrán" como epígrafe de una parte de un texto tan serio como el Discurso de Roma. Y anota, en efecto, que venía a ese lugar "como un pelo en la sopa", lo que no le quita, sin embargo, su pertinencia.
Esta "Réson" vino a Lacan en 1972 por asociación de ideas, como a un paciente en una sesión, mostrando bien que, según él mismo decía, se dirigía al público de sus seminarios en tanto analizante.
Esta irrupción incongruente lo conduce, por otra parte, a asociar sobre el último verso de la estrofa. Más allá de un auditorio que nos deja entender que es poco serio, poco resonador, dice hablar a los muros de la capilla donde tuvo lugar su conferencia, muros, que como todos sabemos, son construidos –o al menos lo eran- para hacer resonar la voz, para dar toda la amplitud a los cantos sagrados y a la palabra de los predicadores.
En efecto, en esa conferencia Lacan desarrolla la cuestión de "parler aux murs" [12] que él transforma por evocación del poema de Tunal en "parler d’ amur") [13], juego de palabras de la lalengua de Lacan, que él conocía tan bien…
Si nos remitimos a la página 289 de los Escritos donde figura la primera cita de la estrofa de Antoine Tunal, en el epígrafe de Función y campo de la palabra y del lenguaje, titulado: Las resonancias de la interpretación y el tiempo del sujeto en la técnica psicoanalítica, constatamos que las citas de autores y de poetas hacen legión. Desde Eliott hasta Daumal pasando por Aulu-Gelle, y Lichtenberg, inmensa cultura la de Lacan, y aparece en toda su variedad. En efecto, en ese panteón el nombre de Tunal desentona un poco. El refrán de París del año 2000 con su acento de canción popular, su lado "Carné-Prevert" –Cancionero Prevert- [14] aparece como un pariente pobre. Pero por pobre que sea, tiene la virtud de las de esa época, de llamar la atención de Lacan a partir de su conclusión: "Entre el hombre y el mundo hay un muro".
Y en efecto, para Lacan se trata en esa época y en esa parte del Discurso de Roma de mostrar la función esencial de la interpretación de lo que nombra expresamente "El muro del lenguaje" [15]. Esa expresión fue retomada frecuentemente por sus alumnos. Es, en efecto, una llave de bóveda en la construcción de esta época en que el goce, imaginario, es pre-sentado como enmarcado por lo simbólico pero también como haciendo barrera a su despliegue, como oponiéndose al "muro de lenguaje".
El efecto de la interpretación es descrito por Lacan como un retorno al analizante, como en un rebote sobre el muro del lenguaje, de la palabra plena [16]. Así, la estructura del chiste, la de la "Dritte Person", está asegurada: el analizante, el analista y el edificio "langagier" –"lenguajero"- en su totalidad representan los tres términos. Además, Lacan deduce del hecho de la evolución perpetua del lenguaje –y esto en referencia al Freud de la Psicopatología de la vida cotidiana- la necesidad que, desde Freud hasta él, las modalidades de la interpretación hayan sufrido un cambio, no hayan permanecido fijas.
Sin duda, es importante anotar que en esa época la metáfora del muro permite a Lacan mostrar que el analizante y el analista están del mismo lado, que la posición del analista, que en esta ocasión es la del intérprete, no es de ninguna manera la del amo del lenguaje. Esta lección hoy tiene todo su valor: no hay Otro del Otro. Para decirlo de otro modo, el lenguaje no sirve para comunicar sino para evocar, lo que acrecienta aún más la responsabilidad del analista acerca de lo que dice y de lo que no dice.
Es también una manera de aproximarse al arte poético (en todo prefiere el impar) y el manejo de la verdad en el análisis, que no se trata para el analista de decirla sino de hacerla surgir en el lugar donde se espera, no la aprehensión -prise- sino la equivocación -méprise-. Esta fórmula del muro del lenguaje encontrará su garante hacia el final de la enseñanza de Lacan, cuando se opondrá a sens-joui et palétre.
Cuando después de veinte años Lacan recuerda a su auditorio la poesía de Tunal, es otra problemática que ella le permite desarrollar. En 1958 en las "Ideas directivas para un congreso sobre sexualidad femenina", se propuso separar radicalmente los accesos masculino y el femenino de la sexuación. No obstante, durante largo tiempo, no trató este tema de manera decisiva. Es, sobre todo, en 1973 que saca las consecuencias de manera impactante. En Enero de 1972, dibuja para uso de su auditorio una botella de Klein que hace comunicar de manera disjunta el toro de la sexualidad femenina y el de la sexualidad masculina alrededor de un orificio que representa el objeto a. Alrededor de esa representación compleja intenta explicar a sus alumnos que entre el hombre y la mujer hay "l’amur". Esa deformación del verso de Tunal resuena, en efecto, en nuestras orejas declinando el objeto a, el muro y el amor.
Y Lacan se apodera esta vez del poema para hacer valer diferentes formas de amor y distinguir el amor narcisista que se pega al Otro –como el que lleva la madre del homosexual a su vástago- y el que hace muro entre los sexos que vienen, el uno y el otro, a estrellarse contra el muro del lenguaje. Además, es la época en que en su Seminario "Ou pire", elabora las fórmulas de la sexuación a las que dará un pleno desarrollo en el Seminario XX y donde traza los lineamientos de su axioma de la ausencia de relación entre los sexos. Lacan indica cómo el amor puede suplir, cómo, en particular, son las mujeres las que tienden a elaborar las reglas más sensibles, cómo ellas encuentran en el amor su punto de anclaje en los semblantes y cómo alcanzan por ese lado la función civilizadora de los dis-cursos (dis-cours).
Al mismo tiempo, Lacan muestra que la puesta en juego de la castración es primordial para que el amor permita el encuentro. Y subraya igualmente que el objeto a debe alojarse entre los sexos para que, a pesar de la diferencia irreductible entre los accesos masculinos y femeninos de la sexualidad, algo que esencialmente se sostiene del significante –y sin duda al goce que lo autoriza- permite entre los "pormenores del deseo" y los "llamados del sexo", que un encuentro se produzca, cada uno sobre una vertiente del amor, según la forma erotomaníaca para las mujeres y la forma fetichista para el hombre.
Antoine Tunal encuentra, sin duda gracias a aquel que ha sabido conmover, un público y una audiencia, que dan a la lengua a lo que era su relación singular a la lengua, una incidencia inesperada. Demos gracias al "pouete de pouasie" haber sabido permitir al psicoanalista –después de todo es lo que el lenguaje autoriza- levantar un muro y haberlo trasportado como por arte de magia de un verso al otro. El muro del amor es, con el tiempo sustituido por Lacan, por el muro de la estructura a medida que en su enseñanza el acento era puesto con más fuerza sobre el goce que sobre el primado de lo simbólico. Es, si se quiere, una ilustración del poder del significante: aquel de desplazar las murallas, ese milagro del cual el psicoanálisis se ocupa y que hace que lo simbólico pueda cambiar lo real. |