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Consecuencias
 
Edición N° 19
 
Julio 2017 | #19 | Índice
 
Poner en diálogo
Por José Luis Lucchesi
 

I

José Luis LucchesiLa historia de occidente, desde la antigüedad hasta la modernidad más extrema, es dicotómica. O en otros términos, su desarrollo podría fijarse en la sucesión de pares de opuestos. Con fines ilustrativos, pensemos un camino que inauguran los griegos con el primer par de opuestos binarios: mito/logos o mito/razón, para seguir con el de inmutable/devenir, unidad/múltipiplicidad, psique/soma (cuerpo/alma), entendimiento/sentidos. Seguirían luego los cristianos con los de carne/espíritu, razón/fe, espíritu/materia, universales/nombres, saber erudito/saber vulgar. Ya en la edad moderna los opuestos serían los de res cogitans/res extensa, racionalismo/empirismo, ciencias exactas/ciencias del espíritu, público/privado, naturaleza/cultura, etc.

II

Lyotard, en la Condición postmoderna[1] (es importante señalar que el término posmodernidad surge del movimiento artístico, vale decir, como si el arte se adelantara a definir una época), señala la posibilidad dos tipos de saber: uno positivista, que encuentra fácilmente su explicación en las técnicas relativas a los hombres y a los materiales, y que se dispone a convertirse en una fuerza productiva indispensable al sistema; otro crítico, reflexivo o hermenéutico, que al interrogarse directa o indirectamente sobre los valores o los objetivos, obstaculiza su recuperación. La crítica de Lyotard propone, entonces, un nuevo par de opuestos binarios: saber científico/saber hermenéutico. Es claro, sin embargo, que en la actualidad el binomio se ha inclinado hacia el polo del saber científico en detrimento del hermenéutico. Las razones de esto descansan en la funcionalidad que el saber científico presta al sistema capitalista, cosa que señala acertadamente Javier Peteiro Cartelle en su libro El autoritarismo científico.[2] Sobre esta situación nos advertía además Heidegger, en La pregunta por la técnica,[3] tener cuidado con el crecimiento tecnológico para que el hombre no sea un útil de éste. De la misma manera, en Serenidad[4] distingue dos tipos de pensar: el pensar calculador y el pensar reflexivo, y da cuenta entonces de cómo el primer tipo se impone sobre el segundo. En pocas palabras, se trata de una advertencia sobre el peligro de que el hombre se pierda en una forma de su ser (la técnica), en la cual su existencia se expande hacia regiones inauténticas, como es por caso la dominación del pensar calculador.

Desde la literatura, Aldous Huxley también nos advertía el peligro del avance científico en su libro Un mundo feliz, y George Orwell en 1984. Lo que quiero destacar es que esto que fue prefigurado en ensueños literarios o anticipado en especulaciones filosóficas es hoy un hecho. El avance tecnocientífico no es un rayo caído de un cielo sereno ni una inoculación de extraterrestres, es un producto epocal: todos usamos los elementos de la técnica, la técnica convive con nosotros y nos ha modificado. Estamos cruzados en nuestra constitución subjetiva misma por la matriz de la tecnociencia.

Javier Peteiro explica cómo la medicina ha pasado de ser de un arte a convertirse en ciencia, y a través de la introducción de la ingeniería genética, en tecnociencia. El médico ha devenido un "técnico". Y en el caso de la psiquiatría su máxima expresión es la evolución de los DSM. Pero esto no es todo, pues existe otra arista con la que se articula esa expansión tecnocientífica: el mercado. El autor ve esa articulación entre tecnociencia y mercado en el problema de las patentes, su resultado es el poder creciente del mercado farmacológico. Lo que tenemos con la hipertecnificación de la psiquiatría no solo es la dicotomización del ámbito subjetivo, sino su reconversión en objeto, el sujeto se ha hecho cosa.

III

Si más arriba decíamos que toda nuestra tradición histórica está compuesta por pares binarios de opuestos, debemos reconocer entonces que entre esos polos se mueve inevitablemente nuestro pensamiento también, como si con ello se tranquilizara a la razón: o estoy de un lado o del otro, pero en todo caso protegido de la indeterminación. Tratar romper la clausura del pensamiento que suponen los binarismos es un desafío que el siglo XXI tiene en cada una de sus tareas. Y la nuestra no elude ese desafío sino que, por el contrario, se hace imprescindible al momento de abordar la problemática de un sujeto que padece. Para ello, a partir de nuestra práctica vamos a tener que pensar. Y cuando digo "pensar" me refiero a sortear los pares de opuestos binarios que nuestra razón (la occidental) nos impone, para permitirnos entonces generar un ámbito, un territorio, un espacio donde poder crear, y no categorizar compulsivamente; la razón se inquieta cuando no nombramos, no categorizamos o no clasificamos. Propongo para ello el concepto de desconstrucción acuñado por Derrida.[5]

Desconstruir supone deshacer los pares de opuestos binarios, desmontar algo que se ha edificado, construido, elaborado, pero no con vistas a destruirlo,[6] sino a fin de comprobar cómo está hecho ese algo, cómo se ensamblan o se articulan sus piezas, cuáles son los estratos ocultos que lo constituyen, pero también cuáles las fuerzas no controladas que allí operan. La desconstrucción no es una crítica en el sentido de operación negativa, nihilista, irracional o escéptica. La desconstrucción no es un método, porque apunta a la singularidad, es un acontecimiento singular que tiene que plantearse en cada ocasión, que tiene que inventarse de nuevo en cada caso, por eso no se debería hablar sin más de la desconstrucción en singular, sino de desconstrucciones en plural, de desconstrucciones que se inscriben en la singularidad misma de lo desconstruido.

Se podría objetar que al no ser un método entonces la desconstrucción es un ¡todo vale!, un mero pasatiempo irresponsable. Todo lo contrario. La desconstrucción intenta desmantelar los sentidos que se han coagulado y buscar los que se han perdido. El sentido deja una serie de huellas que constituyen la trama de la historia. La desconstrucción es entonces la búsqueda de una variación sobre lo que ha ido sedimentando la tradición metafísica occidental, el esfuerzo por abrir la posibilidad de otro pensamiento.

IV

En este espacio tradicional, estructurado en la forma binaria son incluidos tanto el psiquiatra como el analista. Por lo tanto la tarea ante este presupuesto binarismo de los opuestos Psiquiatría–Psicoanálisis será detectar los puntos de fijeza para que ninguno de los polos se superponga estableciendo una jerarquía, dado que las jerarquías son inestables y entonces podremos advertir que ambas lecturas son igualmente posibles para esclarecer el caso clínico. Se trata entonces de desconstruir, de desandar el camino a partir del cual la tradición lleva a congelar nuestra acción en uno u otro de esos opuestos metafísicos (el carácter metafísico es precisamente la pureza de esa oposición, que no se juega en al práctica, sino que es su condición de existencia).

Lo que intentamos, entonces, son modos de desactivar la clausura del pensamiento que impone el binarismo en nuestra práctica, para ello debemos servirnos de diferentes experiencias de sentido. A modo de ejemplo y cierre podríamos citar el ordenamiento de las obras en la Bienal de Sao Pablo, donde el relato curatorial proponía poner las obras en diálogo más que categorizarlas por países. Un ejemplo, este, que nos muestra la posibilidad de pensar más allá de las dicotomías tradicionales y sus ordenamientos prexistentes.

 
Notas
  1. Lyotard, J.–F. La condición pomoderna, Cátedra, Madrid, 1986.
  2. Peteiro Cartelle, J., El autoritarismo científico, Miguel Gómez Ediciones, Málaga, 2010. El título de este libro es particularmente esclarecedor, pues el adjetivo "autoritarismo" aplicado a la ciencia nos hace comprender que la ciencia misma también puede decantar en un fundamentalismo de nuevo tipo.
  3. Heidegger, M., Conferencias y artículos, Ediciones del Serbal, Barcelona, 1994, pp. 9–37.
  4. Heidegger, M.,Serenidad, Ediciones del Serbal, Barcelona, 2002.
  5. Ver fundamentalmente, Derrida, J., De la gramatología, Siglo XXI, México, 1986.
  6. Más allá de que con la palabra Déconstruction Derrida traduzca los conceptos heideggerianos de Destruktion y Abbau, que implican más que una destrucción de la metafísica el intento de desandar su construcción histórica. Cfr., Derrida, op. cit.
 
 
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