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Consecuencias
 
Edición N° 25
 
Julio 2021 | #25 | Índice
 
La presencia de cada analista en el plano del deseo[1],[2]
Por Greta Stecher
 
Greta Stecher

Titulé esta presentación con una cita del Seminario 11. No es de las más conocidas. Pero a la luz del tema que nos convoca este año me pareció un hallazgo. Voy a enmarcarla un poco más, cito a Lacan: “Sabemos que a través de las fluctuaciones de la historia del análisis, de la intervención del deseo de cada analista,–las itálicas son mías– se ha logrado añadir algún detalle, alguna observación complementaria, se ha logrado refinar alguna incidencia, y ello nos permite calificar la presencia de cada analista en el plano del deseo”[3].

Aramburu nos advierte que el deseo del analista es un operador. Este operador no se llena entonces con el deseo particular de unos u otros. Es lo que resta. Más allá de los deseos de cada analista. Asimismo este deseo del analista no es sin la diferencia de cada uno con el otro. Es un deseo de interrogar a la causa del deseo.

Encuentro en ello la clave para pensar el peso de la función del deseo del analista. Me parece que hay que orientarse por la diferencia, uno por uno, pero sin extraviarse en la particularidad de cada deseo, sino dejándolo funcionar como un operador.

Porque no hay de ninguna manera un ser del analista, ni un para todos. Parafraseando a J.-A. Miller en Sutilezas, el acto analítico depende y compete al deseo del analista, que el acto analítico no es del orden del hacer. Que ante todo consiste en la suspensión de cualquier demanda por parte del analista, en la suspensión de cualquier demanda de ser[4]. Entonces no es del hacer ni del ser.

La primera conclusión anticipada es que se trata de una función, de un operador, y no de una consistencia de ser. Es un lugar vacío que hay que poder sostener y habitar.

Ahora bien: si se tratase simplemente de un lugar vacío podríamos apresurarnos a decir que todos los vacíos son vacíos, entonces, ¿todos los vacíos son iguales? Pero resulta que no. El vacío que recorta el lugar de cada analista, en su función de analista, tiene una forma singular, un enforma, un borde propio, singularísimo.

¿Y qué forma tiene mi enforma de mi función, de mi lugar de objeto pequeño a, justo en el momento que encarno esa función? Es una pregunta fundamental y cada analista habría de espabilarse, de estar advertido, de un momento a otro de su análisis, acerca de ello.

Hay un artículo de J.-A. Miller que tituló “Consideraciones sobre los fundamentos neuróticos del deseo del analista”. Cada vez que vuelvo a él encuentro una novedad. Está publicado en versión on line por Revista Freudiana con acceso libre y me parece una lectura insoslayable.

Cada analista, en su propio análisis, tendrá que advertirse acerca de cuáles son los fundamentos neuróticos de su deseo del analista. Como dijo una vez Graciela Brodsky en Callao: esos fundamentos neuróticos no son el barro, son justamente donde el deseo de cada analista hunde sus raíces. ¿Qué quiere decir esto?

Graciela se preguntará, en una presentación que tituló “El brote amargo del bambú”:¿Cómo explicar que la noción deseo del analista fuera esfumándose con los años hasta desaparecer casi por completo en la última enseñanza de Lacan?. ¿Y cómo explicar que siendo tan imposible hablar de El analista como de La mujer, que no existe El analista, que el universal no le conviene a su función, Lacan acuñará un concepto que lo generalizaba: el deseo del analista?...

Durante años traté, dice Graciela, de argumentar para despejar lo que para mí no andaba en la fórmula “el deseo del analista”. La mejor respuesta que me di fue que cuando el analista dejó de ocupar el lugar del Otro y pasó en cambio a encarnar el objeto-con el cual el analizante jugaba la partida analítica-, la función “deseo del analista” quedó sustituida por la de “discurso del analista”[5]. Esta es una hipótesis de trabajo, que también presentará oportunamente en aquella noche de Callao.

Veamos un poco más a la letra cómo lo dice J.-A. Miller en su texto “Consideraciones…”, extraigo algunos párrafos para Uds., a saber:

“El deseo del analista, al menos bajo la forma del deseo de ser analista, emerge indudablemente de la patología neurótica y de la terapéutica de esa patología. Los fundamentos del deseo de ser analista se ven en la neurosis. La forma más simple y la más frecuente en la que se ve aparecer esta emergencia es por la transformación de una vocación curativa–las itálicas son mías–.

Vemos, en efecto, sujetos cuya primera vocación es la de ser médico o psicólogo, una vocación de curar o de comprender al otro y que, en el análisis, elucidan esta vocación hasta modificarla, con una transformación que tiende al deseo del analista, y que preserva, de todos modos, esta orientación al Otro. Se ve lo que era el atractivo de fondo de la vocación primera, que luego es modificada, y como atrapada hacia el deseo del analista…

Son algunos de los fundamentos del deseo del analista tal como aparecen en la neurosis y se acuñaban primero en la vocación médica o psicológica…

Un rasgo más: el deseo del analista es percibido con frecuencia, o al menos asumido por el sujeto a partir de una posición de excepcionalidad, a partir de un rasgo de excepción…

En cada uno, se encuentra marcado el rasgo de excepción: el único, el preferido, el deshonrado, el excluido, el extraordinario, tanto en su versión exaltada como en su versión paria[6]. Hasta aquí la cita.

En fin, las razones neuróticas por las que cada uno de nosotros eligió ser analista, o mejor aún, las razones que nos eligieron a nosotros, más allá de nuestra voluntad yoica, para colocarnos hoy en este lugar, han de ser oportunamente exploradas en el seno de nuestros respectivos análisis.

En Sutilezas[7] encuentro lo que sigue, cito: “El deseo del psicoanalista no tiene evidentemente nada que ver con el deseo de ser psicoanalista. El deseo de ser psicoanalista en el fondo es siempre de mala calidad, es un deseo del tipo moneda falsa. La idea de Lacan era que uno se vuelve analista porque no puede hacer otra cosa. Una vez que están establecidos en la profesión los analistas ya no piensan en qué los convirtió en analistas. Hay, como regla, un olvido del acto del que han surgido. Una vez establecidos y alcanzada su singularidad, toman el inconsciente como un hecho de semblante. No consideran pues un criterio suficiente para ser analistas la elaboración del inconsciente. Un inconsciente analizado se distingue de uno salvaje”.

Varios testimonios de Pase dan cuenta en su transmisión de este punto. Dejaré estos ejemplos para el final.

Las razones neuróticas que nos han puesto en ese lugar son entonces las que dan la forma singular, la enforma, a nuestro lugar de semblante de objeto. Por eso decimos que el deseo del analista es un deseo impuro. Impuro porque está contaminado de nuestras marcas, no es sin ello.

Veamos cómo lo dice Javier Aramburu: “El deseo del analista no es un deseo puro. Un deseo puro sería un deseo que se fundaría en desear el vacío que constituye ese ser como vacío”. Idéntico a un deseo que no tendría ningún objeto, esto es: la falta, la muerte. Aramburu nos advierte que el objeto a está oculto en todo este asunto. El deseo del analista, dice, es siempre en relación a la clínica. En la clínica nos orienta el objeto causa de deseo, “objeto que actúa como causa del surgimiento del deseo; esto es: producir, ser, justamente, la causa de aquello que va a dividir al sujeto como objeto a causa”[8].

Hay allí un doble movimiento, lo dice Lacan casi al final del 11[9]: El sujeto se ve causado como falta por el objeto a y, al mismo tiempo, el objeto a viene a tapar la hiancia que constituye la división inaugural del sujeto. Es decir que el objeto a funciona como causa de la división y como tapón.

Hay que diferenciar entonces la transferencia y el deseo del analista.

De la mano de Aramburu[10] entendemos que no hay transferencia analítica desabonada del deseo del analista. La transferencia pretende dos deseos de distinta estofa. Los dos deseos en juego son: el del analizante, vehiculizado en su demanda, y el del analista; deseo fundado en el discurso analítico, sostenido en su ética.

Lacan es muy preciso: La transferencia, como puesta en acto de la realidad sexual del inconsciente, engaña, apartando la demanda de la pulsión; y el sujeto analizante, en la transferencia, llama a su analista a encarnar el lugar del ideal. En el extremo de la engañifa el mecanismo de la hipnosis deja al descubierto la confusión, la superposición, entre el objeto y el ideal.

¿Cómo se diferenció entonces el psicoanálisis de la sugestión hipnótica? Lacan dirá en el Seminario 11[11] que el mecanismo fundamental de la operación analítica es el mantenimiento de la distancia entre el Ideal y el objeto. Si la transferencia de la pulsión aparta la demanda; el deseo del analista vuelve a llevar la demanda a la pulsión. Así el deseo del analista aísla el objeto a, que es llamado por el sujeto a encarnar, y lo sitúa lo más distante posible del Ideal.

El analista, para ejercer su función, ha justamente de despojarse de los ropajes del Ideal, abandonando esta idealización, sirviendo justamente de soporte al objeto a separador. Su deseo de analista, mediante una hipnosis a la inversa, le permite encarnar al hipnotizado, esto es, el lugar de objeto.

Entonces, así como la transferencia, dice Lacan, se ejerce en el sentido de pretender llevar la demanda a la identificación; el deseo del analista siempre es una equis, no tiende a la identificación sino justamente al contrario. Esto permite llevar al sujeto al plano en el que pueda presentificarse la realidad sexual del inconsciente, esto es la pulsión.

Retomando entonces la idea de lo puro y lo impuro, el deseo del analista no es un deseo puro pues es el deseo de obtener la diferencia absoluta, la diferencia que interviene cuando el sujeto se descubre sujetado al significante primordial, a los S1 que lo determinan, y por cierto al propio goce que lo tiene enredado allí.

En Sutilezas[12] J.-A. Miller lo dice así: “Este deseo del analista de obtener la diferencia absoluta no se vincula con ninguna pureza, porque esta diferencia nunca es pura (…). Está enganchada a la cochinada rechazada, de la que nada se quiere saber.

Hay un matema para eso que es el objeto a. En la práctica es siempre una sutileza, que solo se capta de un vistazo, cuando al cabo de un tiempo para comprender, se precipita una certeza que se condensa en un es eso”.

El deseo del analista justamente contraría el amor de transferencia. El amor es resistencia. Nuevo amor como efecto de la cura. El deseo del analista hace caer el amor para hacer surgir el deseo[13].

Con su presencia, el analista presta cuerpo haciéndose partenaire del sujeto. Un analista, advertido de su propio goce y como dijimos del fundamento neurótico de su deseo, no analiza desde su fantasma[14]. Es esta presencia que, con su deseo, causa el deseo del Otro. Lacan agrega que hay que tener tetas, pero no para usarlas. A veces hay que hacer de señuelo del objeto para que no usándolo siga funcionando como causa[15].

Parafraseo a J.-A. Miller: El analista, per se, no tiene forma, es justamente el fantasma del analizante el que se la da y le otorga un sabor. La disciplina del analista es quizás aprender a ser sin sabor propio, de manera que el analizante pueda experimentar los sabores de su vida paladeando al analista. Lo soso podría ser entonces el ideal del analista[16].

El desapego, dirá J.-A. Miller, es la posición que conviene al analista en la medida en que su acto consiste en despegar el significado, es decir, en reconducir el significante a su desnudez. El desapego es la distancia que introducen como analistas entre el significante y el significado[17].

Tomo, una vez más, la memorable definición del deseo del analista en la conferencia de Miller en Buenos Aires, en 2012: es el deseo de alcanzar lo real, de reducir el Otro a su real y liberarlo de sentido[18].

Guy Briole[19], “Las veladas del pase” en la ELP en 2013, retoma esta definición última de J.-A. Miller acerca del deseo del analista. Ubica allí que el deseo del analista no se programa. No es un “quiero ser analista”; eso puede ser un proyecto que uno se ha formulado pero ese querer no es el deseo del analista. Ese deseo singular es un producto del análisis: es ahí donde surge y se forja.

Dirá también que se sitúa temporalmente en un momento en el que el trabajo analizante – al haber deshecho las identificaciones narcisistas, movilizado y desplazado las formaciones fantasmáticas, limado el querer curar– ha conducido al analizante a ese borrado de sí mismo que se le supone para poder ocupar ese lugar… El análisis moviliza el deseo en su articulación al fantasma. Su atravesamiento en el análisis consigue su reducción…

Gustavo Stiglitz[20], en esa mesa también, trabajó el tema ubicando lo que sigue: El fundamento neurótico del deseo del analista agujerea la dimensión un tanto superyoica del concepto deseo del analista. Coincido con la adjetivación: habría un querer alcanzar ese ideal superyoicamente.

Sigue Stiglitz: Ahí radica su impureza. La impureza que resulta de su encarnadura ¿Cómo es que alguien puede querer –al final del análisis– ocupar para otros, ese lugar de desecho al que queda reducido el analista? ¿Cómo podría ocurrir algo así, si no es por los desechos de lo que fue su relación con el Otro y su goce? Esto es, de alguna manera, conectar los restos analíticos de lo que fue el goce autista de uno, con el campo del Otro. Y, si se quiere, hasta pretender una cierta estetización de esos restos.

Ana Aromí[21], misma mesa, ubicará que: El deseo del analista es una de las incógnitas fundamentales para orientar la acción analítica, tanto en la experiencia de la cura como en la experiencia de la Escuela…es un deseo puesto en función de una manera que no deja de tener afinidad con la dimensión sintomática, ya que va a surgir de la resolución de sus restos. Lo importante, dice, es captar que este “deseo del analista” nos interesa en tanto que función, no como un dato acabado ni como un objetivo a alcanzar…

No hay deseo que no esté conectado con el goce. Y esto atañe también al deseo del analista…

¿De qué está hecho un psicoanálisis? del goce del psicoanalista, responde, del goce incluido en su sinthome. Y el despertar a ese goce no viene por una revelación sino por un decapar la práctica de su orientación a la verdad y reconocer, con Lacan, que la verdad es lo que da placer y el sentido es algo de lo que cada uno goza. La verdad, el sentido, el deseo, son asuntos de libido…De hecho, es la pregunta que Lacan nos dejó planteada: como analistas, ¿qué alegría sacamos de lo que hacemos?

Finalmente, Marie-Hélène Brousse[22], en esa mesa también, señala para que el deseo del analista pueda funcionar, existe la necesidad constante de una des–subjetivización de la persona en ejercicio, de quien está en la posición del analista. Lo que implica que, cuando hablamos del deseo del analista, es algo impreciso, inexacto, es el malentendido.

Cuando surge la división subjetiva, inmediatamente deja de funcionar el deseo del analista… La necesidad del análisis del analista tiene que ver con la separación: la separación de su división subjetiva, uno no puede llamarse psicoanalista fuera del dispositivo…

Tenemos un estilo, cada uno de nosotros, en la práctica analítica, y el estilo es un conjunto de múltiples elementos heterogéneos, un rasgo de su propio análisis, un rasgo que viene del goce de la palabra que teníamos, que fue analizado y del que algo queda…

Propongo, continúa Marie-Hélène Brousse, como hipótesis, que si se puede elevar un elemento de resto sintomático a la dignidad de un estilo, se puede utilizar como elemento de real en la tarea definida como función “deseo del analista”. Algo del estilo Lacan era el suspiro.

Para concluir: veamos brevemente como es tomado el tema en algunos testimonios de pase:

Kuky Mildiner[23] tuvo tres analistas, del segundo dice: el deseo de ese analista (Aramburu) me orientó; su dignidad me quedó marcada como ejemplo. El espiar con los oídos diálogos de otros lo nombra como su fundamento neurótico de su deseo de analista. Como está el goce del secreto, de la clandestinidad, y la creencia de que si habla la matarán, cada vez que ella hablaba temía que eso se escapara. Por eso dice que una defensa bastante efectiva fue la lectura y el estudio.

Luis Tudanca[24] ubica su rasgo de excepción, su ser único, su apartarse de su clase, su distinguirse de los demás, condensados en el fantasma de hacerse rechazar. Del fundamento neurótico al deseo del analista hay entonces el pasaje del rasgo de excepción al imposible del hacerse rechazar porque … “no es eso”. Desde el fantasma se comprendía al otro que se suponía rechazado como lo era el propio sujeto.

Graciela Brodsky[25] nos habla de su deseo del analista como deseo impuro, diciendo que el suyo estaba contaminado por el goce de ser la intérprete. Desde muy pequeña ella fue la traductora para la hipoacusia/sordera materna. Al inicio de su práctica analítica ese goce opaco de ser la intérprete se traducía en dar con las palabras justas, la interpretación exacta, la exigencia pulsional de hacerse oír. Luego, liberada de sus usos fijos, la pulsión se anuda de otra manera y obtiene otras satisfacciones. Eso resta como un gusto por la traducción, el dar clases, el uso de prestar la voz y el silencio a los analizantes. El deseo del analista, dice, es uno de los destinos posibles de lo irreductible del análisis del analista. La brújula será entonces, concluye Brosdky, el síntoma del analista. Un síntoma que se vuelve instrumento, herramienta, utensilio, lazo.

 
BibliografĂ­a
  • Aramburu, J., El deseo del analista, Tres Haches, Bs. As., 2000.
  • Lacan, J., El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Argentina, 2010.
  • Miller, J.-A., “Consideraciones sobre los fundamentos neuróticos del deseo del analista”, en Revista Freudiana N°63, 2011. Versión web.
  • Miller, J.-A., Sutilezas analíticas, Los cursos psicoanalíticos de Jacques–Alain Miller, Paidós, 2011.
  • Miller, J.-A., "Lo real en el siglo XXI" en El orden simbólico en el siglo XXI. No es más lo que era ¿Qué consecuencias para la cura? Volumen del VIII Congreso de la AMP, Edit. Grama, Buenos Aires, 2012.
  • Miller, J.-A., “Consideraciones sobre los fundamentos neuróticos del deseo del analista” en Tudanca, L., “Los fundamentos neuróticos del deseo del analista” en Revista Freudiana N° 63, año 2011, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  • Brousse, M.-H., “El deseo del analista” en Revista Freudiana N° 68, año 2013, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  • Brodsky, G., “El brote amargo del bambú” en Revista Freudiana N° 71, año 2014, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  • Mildiner, Kuky., “Primer testimonio, saber hablar” en Revista Freudiana N° 74, año 2015, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
 
Notas
  1. Presentado el 21 de mayo de 2021 en el marco del Seminario “Presencia y deseo del analista” del Departamento Psicoanálisis y Filosofía – Pensamiento Contemporáneo” asociado al ICdeBA.
  2. Lacan, J., “La sexualidad en los desfiladeros del significante”, en El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, 2010, p. 166.
  3. Íbid., p. 165–166.
  4. Miller, J.–A., Sutilezas analíticas, Los cursos psicoanalíticos de Jacques–Alain Miller, Paidós, 2011, p. 40.
  5. Brodsky, G., “El brote amargo del bambú (o sobre la impureza del deseo del analista)”, en Revista Freudiana 71, año 2014, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  6. Miller, J.–A., “Consideraciones sobre los fundamentos neuróticos del deseo del analista”, en Revista Freudiana N°63, 2011. Versión web.
  7. Miller, J.–A., Op. Cit., p. 41.
  8. Aramburu, J., El deseo del analista, Tres Haches, 2000, p. 96–97.
  9. Lacan, J., “En ti más que tú”, en El Seminario, Libro 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, 2010, p. 278.
  10. Aramburu, J., Op. Cit., p. 69.
  11. Lacan, J., Op. Cit., p. 281.
  12. Miller, J.–A., Op. Cit., p. 40.
  13. Aramburu, J., Op. Cit., p. 93.
  14. Lopez, S., Presencia del analista, en Revista Consecuencias N° 21, nov. 2018. Disponible en: http://revconsecuencias.com.ar/ediciones/021/default.php
  15. Aramburu, J., Op. Cit., p. 97.
  16. J.–A. Miller, Introducción a la clínica lacaniana, RBA, Barcelona, 2004, p. 339.
  17. Miller, J.–A., Op. Cit., p. 55–56.
  18. Miller, J–A., "Lo real en el siglo XXI" en El orden simbólico en el siglo XXI. No es más lo que era ¿Qué consecuencias para la cura? Volumen del VIII Congreso de la AMP, Edit. Grama, Buenos Aires, 2012, p. 434.
  19. Briole, G., “Un desplazamiento hacia lo real (el deseo del analista)”, en Revista Freudiana N°68, año 2011, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  20. Stiglitz, G., “Fundamento neurótico del deseo del analista”, en Revista Freudiana N°68, año 2011, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  21. Aromí, A., “Acerca del deseo del analista”, en Revista Freudiana N°68, año 2011, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  22. Brousse, M.-H., “El deseo del analista”, en Revista Freudiana N°68, año 2011, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  23. Mildiner, Kuky., “Primer testimonio, saber hablar”, en Revista Freudiana N° 74, año 2015, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  24. Tudanca, L., “Los fundamentos neuróticos del deseo del analista”, en Revista Freudiana N° 63, año 2011, disponible en versión digital (acceso a suscriptores).
  25. Brodsky, G., Op. Cit.
 
 
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