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Consecuencias
 
Edición N° 13/14
 
Noviembre 2014 | #13/14 | Índice
 
Lacan, profesor de deseo
Entrevista a Jacques–Alain Miller por Christophe Labbé y Olivia Recasens [1]
 

Un duendecillo travieso que nos gasta bromas: hete aquí el deseo, según Jacques Lacan. Le Point presenta en exclusiva extractos de un seminario inédito sobre el tema, descifrado por su redactor, el psicoanalista Jacques–Alain Miller.

Le Point: Lacan nos dice que el deseo no es una función biológica. ¿Qué debemos deducir de eso?

Jacques–Alain Miller: Que no encuentran el deseo ya preformado en el organismo. No es un instinto, si entendemos por ello un saber infalible que estaría inscripto en lo real del cuerpo y que lo llevaría directamente a su fin: su bienestar, su vida, la supervivencia de la especie. Muy por el contrario, el deseo se extravía. Es ese un rasgo que se le ha reconocido constantemente. Desde siempre se han lamentado y censurado sus aberraciones, sus extravagancias, sus vagabundeos. Se ha intentado de todo para educarlo, regularlo, dominarlo, pero en vano: hace lo que se le da la gana. De allí la idea de que el deseo no concierne a la naturaleza: se sostiene en el lenguaje. Es un hecho de cultura, o más exactamente un efecto de lo simbólico. Lacan habla del "orden simbólico".

¿Cómo hablar de orden cuando el deseo produce más bien desorden?

Efectivamente. Y muy recientemente hemos visto a la noción de orden simbólico sumar adeptos entre los opositores al matrimonio gay. Pero hay un malentendido. El orden simbólico designa un conjunto de leyes –leyes lingüísticas, dialécticas, matemáticas, sociológicas–, pero el complejo de Edipo no forma parte de eso. Lacan siempre calificó al Edipo de mito. Y ese término es en suma bastante generoso, porque las versiones triviales están más cerca de la comedia que de la tragedia griega, del tipo: es necesario que papá dicte la ley a mamá para que la niña y el niño sean quienes deben ser. Lacan preveía que este programa no se mantendría mucho tiempo más en cartel, y es a eso a lo que asistimos.

Lacan habla sin embargo de "estructura edípica"…

Sí, eso, eso no es un mito ni el reparto de un Guignol[2]. Es una combinatoria, que distribuye términos sobre lugares a los cuales son atribuidas funciones. Pero no es necesariamente el Nombre del Padre el que ocupa la posición dominante, la que hace sostener su mundo, la piedra angular. ¡Eso bien puede ser un síntoma! Y cuando es el caso, incluso si el sujeto quiere desembarazarse de él porque lo incomoda, el terapeuta debe abstenerse de tocarlo, porque todo se desmoronaría. El deseo es ante todo el efecto de la estructura del lenguaje. El deseo solo es concebible en los seres hablantes. Podemos explicarlo así. En la especie humana, el recién nacido no puede satisfacer solo sus necesidades más elementales, debe pasar por un Otro, mayúscula, capaz de satisfacerlas, y dirigirle una demanda para hacerlo hablar su lenguaje. Todo se deriva de allí. Ese llamado hace del Otro un objeto de amor. Simultáneamente, la trasposición de la necesidad en demanda produce una diferencia: es allí donde se aloja el deseo. Corre bajo todo lo que se dice, incluso en sus sueños, sin poder en definitiva ser dicho en términos claros. Es por ello que da lugar a la interpretación.

¿El objeto del deseo es entonces irremediablemente inasequible?

El deseo no está coordinado a un objeto natural o social. Su objeto no se encuentra en la realidad común, sino en el fantasma individual. Como tal, no es un objeto del cual se tenga necesidad, y no podemos obtenerlo a través de la demanda. Es más bien un objeto que, si puedo decirlo, les toca el silbato. En una cura analítica, constatamos que la confesión del fantasma es a menudo la más difícil. La relación del sujeto del conocimiento al objeto del conocimiento es tradicionalmente descripta como armoniosa y complementaria. En el registro del deseo, la relación del sujeto al objeto es completamente diferente. Lacan muestra que la aparición del objeto del deseo se manifiesta, del lado del sujeto, por un fading: el sujeto no logra sostenerse, se desvanece, desaparece. Así es cómo pasa al inconsciente.

¿Cómo pueden las sociedades mantenerse en pie si cada quien está obsesionado con su fantasma particular?

Justamente porque es laberíntico y disparatado, el deseo suscita en contrapartida la invención de diversos artificios que juegan el rol de brújula. Tomen una especie animal: tiene una brújula natural, que es única. En la especie humana, las brújulas son múltiples, competidoras, evolutivas. No están instituidas por la naturaleza, son artificios, montajes significantes, lo que Lacan llama discursos. Estos discursos dicen lo que hay que hacer: cómo pensar, cómo gozar, cómo reproducirse. Entre esos discursos, los hay de muy grande amplitud y de muy larga permanencia: las civilizaciones, las religiones. Organizan la ciudad, sus producciones, las creencias. En otra escala, cada familia tiene su discurso: un sistema de valores, una visión del mundo, un estilo de conflictos, etc. Sin embargo, el fantasma de cada uno permanece irreductible a los ideales vehiculizados por los discursos.

¿Qué norte indican estas brújulas?

Hasta una época reciente, todas indicaban el mismo norte: el Padre. Las civilizaciones, las religiones y las sociedades eran patriarcales. El patriarcado como forma de organización social parecía ser una invariante antropológica. La declinación del discurso patriarcal fue acelerado por la igualdad de condiciones, el ascenso en potencia del capitalismo y la revolución industrial. Balzac lo señala a mitad del siglo XIX, Hannah Arendt a mitad del siglo XX: la autoridad está en decadencia, la autoridad no es más una vía que satisfaga a la humanidad. De Gaulle mismo, figura autoritaria si las hay, quería inaugurarla era de la "participación".

¿Es decir que salimos de la era del Padre?

Un otro discurso está en vías de suplantar el discurso único de antaño. La innovación en el lugar de la tradición. El atractivo del porvenir allí donde el peso del pasado encadenaba. Más que la jerarquía (vertical), la red (horizontal), lo femenino le gana la mano a lo viril. No se conserva más un orden en sus límites inmutables; nos inscribimos en flujos transformacionales que rechazan incesantemente sus límites.

¿Y el Edipo freudiano en todo esto?

Freud es sin duda de la era del Padre. Hizo mucho para salvar al Padre. La Iglesia, por otra parte, terminó por darse cuenta de ello y deja a sus teólogos más avanzados celebrarlo. Lacan siguió la vía trazada por Freud, pero lo condujo a otra parte. La experiencia analítica muestra que el Padre es él mismo un síntoma. El deseo del Padre, el deseo por el Padre, se deja interpretar. En este libro, Lacan lo muestra con el ejemplo de Hamlet, de Shakespeare. El príncipe Hamlet es puesto entre la espada y la pared por el fantasma del Padre. La palabra del Padre literalmente lo enferma, lo vuelve loco, es su síntoma. El deseo de Hamlet, prisionero del Padre, termina por emanciparse de él, pero al precio de la muerte. Este seminario es a la vez un gran libro teórico y un gran libro clínico. Lacan ofrece también una clínica inédita del exhibicionismo y del voyerismo. Se comprende en qué todo deseo tiene un núcleo perverso.

¡El seminario incluso termina con un elogio de la perversión!

Lo que comúnmente se retuvo de Lacan es el acento puesto sobre el Edipo, la puesta en evidencia de la función del Nombre del Padre, la puesta en fórmulas del montaje freudiano. Ese es el punto de partida de Lacan. Pero, desde su Seminario VI, el concepto de deseo desplaza las cosas. El Edipo no es la única solución del deseo, es solo su forma "normal", normalizada, su prisión. El Edipo es también patógeno. El destino del deseo no se limita al Edipo. De allí el elogio de la perversión con el que termina el volumen. La perversión en el sentido de Lacan traduce una rebelión contra la identificación conformista que asegura el mantenimiento de la rutina social. Puesto que, según Freud, la pulsión puede perfectamente satisfacerse en la sublimación, es decir, en actividades denominadas culturales, no se confunde con la "sustancia de la relación sexual". Vaciada del goce sexual, la pulsión subsiste como forma cultural, donde se cuela ese goce de la letra que dan el arte y la literatura.

Lacan anunciaba "la reorganización de conformismos anteriormente instaurados, incluso su estallido". ¿Estamos en eso?

Este seminario habla del 2013. Los partidarios del Padre [Père] desfilan por las calles en nombre de la tradición, mientras que los de Pépère[3] pretenden crear normas que sustituyan esa tradición. El psicoanalista no tiene vocación de hacerse guardián del antiguo orden, el caballero de una causa perdida. No puede creer tampoco en un futuro prometedor: la vía del deseo no es una fiesta. Así pues, él interpreta. Si debe elegir, la elección es forzada. Porque toda vuelta atrás es imposible.

 

Extractos [4]

"El deseo contra la normalización social"

"Lo que designo mediante el término cultura –que aprecio poco, incluso nada – es cierta historia del sujeto en su relación con el logos. Con certeza […] la relación con el logos […], en la época en que vivimos es difícil dejar de ver […] a qué distancia se sitúa, con respecto a cierta inercia social.

[…] lo que de la cultura pasa por la sociedad siempre incluye alguna función de desagregación. Lo que en la sociedad se presenta como cultura –y que a diversos títulos entró entonces en cierto número de condiciones estables, latentes también, que determinan los circuitos de los intercambios en el interior del rebaño– instaura en ella un movimiento […] que deja abierta la misma brecha que aquella en cuyo interior situamos la función del deseo. En este sentido, podemos plantear que lo que, en el nivel del sujeto lógico, se produce como perversión, refleja la protesta contra la que el sujeto padece en el nivel de la identificación, en la medida en que ésta es la relación que instaura y ordena las normas de la estabilización social de las diferentes funciones.

[…] algo se instaura como un circuito que gira entre, por un lado, el conformismo, o las formas socialmente adecuadas, de la llamada actividad cultural […] y, por otro lado, la perversión, en la medida en que en el nivel del sujeto lógico representa, mediante una serie de gradaciones, la protesta que, con respecto a la normalización, se eleva en la dimensión del deseo, dado que el deseo es relación del sujeto con su ser.

Aquí se inscribe esa famosa sublimación […] como la horma misma en que se vierte el deseo. Lo que Freud les indica […] es […] que esta horma puede vaciarse de la pulsión sexual – o, con más exactitud, que la pulsión misma, lejos de confundirse con la sustancia de la relación sexual, es esa horma misma. Dicho de otra manera, la pulsión puede fundamentalmente reducirse al puro juego del significante. Y así también podemos definir la sublimación.

La sublimación […] es lo que permite que el deseo y la letra equivalgan. Aquí – en un punto tan paradójico como la perversión, entendida en su forma más general como lo que, en el ser humano, resiste toda normalización – podemos ver producirse […] esa aparente elaboración sin contenido que denominamos sublimación y que, tanto en su naturaleza como en sus productos, se distingue de la valoración social que ulteriormente se le dará. […]

La sublimación se sitúa como tal en el nivel del sujeto lógico, donde se instaura y se despliega todo lo que en sentido estricto es trabajo creador dentro del orden del logos. De allí vienen más o menos a insertarse en la sociedad, vienen más o menos a encontrar su lugar en el nivel social, las actividades culturales, con todas las incidencias y todos los riesgos que conllevan, y hasta la remodelación de los conformismos antes instaurados, e incluso su estallido." (Adaptado del capítulo XXVII)

"La histérica y el obsesivo"

¿Cuál es la función que la histérica se da a sí misma? "El obstáculo es ella, quien no quiere es ella. […] Su goce es impedir el deseo. Ésa es una de las funciones fundamentales del sujeto histérico en las situaciones que trama: impedir que el deseo se cumpla para quedar, ella misma, como lo que está en juego.

El lugar que la histérica toma en esas situaciones es el de lo que podríamos denominar, mediante una expresión inglesa, a puppet, que es una suerte de maniquí pero con el sentido más amplio de apariencia engañosa [faux–semblant]. La histérica introduce, en efecto, una sombra que es su doble, bajo la forma de otra mujer por cuya intermediación su deseo logra precisamente insertarse pero de manera escondida, puesto que ella no debe verlo. […]

Aunque la histérica se presente en este caso como el resorte de la máquina de la cual penden, una con respecto a la otra, esas especies de marionetas, […] ella está en el juego, sin embargo, bajo la forma de quien a fin de cuentas es lo que en él se apuesta.

En cambio, el obsesivo tiene una posición diferente. Él sí permanece fuera de juego. […] El obsesivo es alguien que en verdad nunca se encuentra donde está en juego algo que pueda ser llamado su deseo. Él no está donde, en apariencia, corre el riesgo. Convierte […] la desaparición del sujeto en el punto de proximidad del deseo, si cabe decirlo, en su arma y su escondite. Aprendió a servirse de eso para estar en otro lugar.

No puede hacerlo más que desplegando en el tiempo, temporalizado, esa relación, dejando siempre para mañana su compromiso en la verdadera relación de deseo. Mientras que la relación con el deseo tiene en la histérica una estructura instantánea, el obsesivo siempre reserva para el día siguiente el compromiso de su verdadero deseo. Esto no significa que, esperando ese término, no comprometa nada: él demuestra su aptitud. Mucho más aún, puede llegar a considerar lo que hace como un medio para adquirir derechos. ¿Derechos a qué? A la reverencia del Otro para con sus deseos.

[…] Una vez que en análisis pueda hacerse una mínima idea meditada acerca de su situación, finalmente se sorprenderá mucho al percatarse de que el sujeto que se sostiene en esa situación resulta ser presa de toda clase de actitudes retorcidas y paradójicas, que lo señalan a él mismo como un neurótico presa de los síntomas." (Adaptado del capítulo XXIV)

 
Traducción: Lorena Buchner
 
Notas
  1. Publicada en el diario Le Point el 6 de junio de 2013,como adelanto a la edición francesa del Seminario VI de Jacques Lacan, "El deseo y su interpretación". Fuente web original: http://www.lepoint.fr/culture/lacan-professeur-de-desir-06-06-2013-1688542_3.php. Su traducción al español fue publicada en Psicoanálisis Inédito, septiembre de 2014, fuente web: http://psicoanalisisinedito.blogspot.com.ar/2014/09/jacques-alain-miller-lacan-profesor-de.html
  2. N. de la T.: Guignol es el personaje principal de un espectáculo de marionetas francés que lleva su nombre.
  3. Apodo dado a François Hollande por sus colaboradores. N. de la T.: pépère refiere a quien no se inquieta por nada.
  4. Lacan, J., El Seminario, Libro VI, El deseo y su interpretación. Paidós, Buenos Aires, 2014, p. 586.
 
 
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